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Identidad compartida

Marcopolo y la apuesta al rock: Chelo Córdoba y el valor de crear canciones en equipo para crecer en la música

Marcelo Córdoba destaca al escenario como el espacio donde encontró su verdadera vocación, impulsado desde la infancia por la influencia de Rodrigo Bueno y el contacto directo con el público.
Integrante de Marcopolo desde sus inicios en Castelli, Córdoba pasó de la guitarra al bajo y los coros, consolidando un rol clave dentro de una formación que apuesta a la creación conjunta.
Marcelo “Chelo” Córdoba, músico chaqueño nacido en Tres Isletas y radicado en Juan José Castelli, forma parte de Marcopolo, una banda que construyó su identidad desde el trabajo colectivo y el rock como eje central.
Con más de quince años de vínculo con la música, el bajista y corista de Marcopolo sostiene un proyecto artístico que combina identidad territorial y profesionalización sostenida.
Marcelo “Chelo” Córdoba integra una banda que ya editó tres discos de temas propios y define su sonido como “rock impenetrable”, una forma de representar al Chaco desde el género.
La banda Marcopolo avanza en un proceso de crecimiento que incluyó grabaciones en Buenos Aires y la proyección de registrar nuevo material en un estudio histórico del rock argentino durante 2026.
Desde Castelli, el proyecto musical logró expandirse a distintas ciudades de Chaco y Corrientes, sorteando las dificultades de desarrollar rock en una escena dominada por el folclore y el chamamé.
Marcelo Córdoba, además de su carrera musical, estudia abogacía y practica pádel, actividades que complementan su formación personal y artística.
El músico remarca que la composición colectiva es uno de los pilares de Marcopolo, tanto en el estudio como en la dinámica interna del grupo.
El testimonio de Córdoba suma una mirada social atravesada por experiencias personales, donde subraya la importancia del acompañamiento, el compromiso y el trabajo en equipo para sostener cualquier proyecto de vida.

Marcelo “Chelo” Córdoba, músico chaqueño nacido en Tres Isletas y radicado en Juan José Castelli, construye su camino entre la música, el estudio y una fuerte vocación social, con el escenario como eje y el rock como identidad. Integrante de la banda Marcopolo, Córdoba relató cómo la música se transformó en un proyecto de vida colectivo, sostenido en el trabajo en equipo y la creación compartida.

Su vínculo con la música comenzó hace más de quince años, cuando siendo chico aprendió a tocar la guitarra y cantaba en reuniones familiares. Tras distintas mudanzas por estudio y experiencias personales, regresó al Chaco y se instaló definitivamente en Castelli, donde terminó de consolidar su perfil artístico. Allí se sumó a Marcopolo, primero como guitarrista y luego como bajista y corista, rol que mantiene hasta hoy dentro de una formación integrada por Emanuel Castellano en guitarra y voz y Jesús Aguirre en batería y coros.

Córdoba remarca que el escenario es el lugar donde encontró su verdadera vocación, una pasión influenciada desde la infancia por Rodrigo Bueno, a quien identifica como el disparador inicial de su amor por la música. La respuesta del público, los aplausos y la energía del vivo fueron determinantes para decidir apostar de lleno a ese camino.

La banda cuenta actualmente con tres discos de temas propios, cuya creación y composición se realiza de manera conjunta entre todos los integrantes. El primero se titula Navegantes, el segundo Liturgia y el tercero, próximo a lanzarse, La Posada de Greda. Ese trabajo colectivo también se refleja en la dinámica del grupo y en la identidad sonora que definen como “rock impenetrable”, una forma de representar su territorio desde el género.

En los últimos años, Marcopolo avanzó en un proceso de profesionalización que incluyó grabaciones para un programa cultural en Buenos Aires durante 2025 y la posibilidad de registrar nuevo material en un estudio histórico por el que pasaron figuras centrales del rock argentino, donde en 2026 grabarán canciones del nuevo disco.

Hacer rock en el Chaco no es sencillo. Córdoba explica que el género convive con una escena dominada por el folclore y el chamamé, lo que obliga a redoblar esfuerzos para abrirse camino. Aun así, la banda logró presentarse en distintas ciudades de Chaco y Corrientes, ampliando su alcance sin perder identidad.

Además de la música, Córdoba estudia abogacía y practica pádel, una actividad que, según cuenta, le permitió trabajar el control emocional. A futuro, su objetivo es instalarse en Buenos Aires junto a su banda, convencido de que el crecimiento es más sólido cuando se construye en grupo.

El testimonio del músico se vuelve más profundo al abordar una reflexión personal atravesada por la pérdida de amigos a causa de las adicciones y la depresión. Desde ese lugar, sostiene que estar presente, escuchar y acompañar puede marcar la diferencia, y remarca que no hay sueños posibles sin trabajo, sacrificio y compromiso colectivo.

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