Pilar Gualeya: entre el fútbol y el hockey, una vida jugada con el corazón
Desde sus primeros torneos barriales hasta las finales con Urquiza y Bancario, la gualeya Pilar Gualeya construyó una trayectoria deportiva que respira pasión, resiliencia y compañerismo. Su historia refleja el crecimiento del deporte femenino entrerriano.
“Empecé a jugar fútbol en campeonatos relámpagos o torneos barriales cuando tenía unos 16 años. Todo empezó porque mis tías jugaban. Me invitaron… y desde ahí nunca más me alejé del deporte”, cuenta Pilar, con esa naturalidad que tienen las historias verdaderas.
De chica, se movía entre pelotas y sticks. En Colón, defendía los colores de Campito en fútbol y se animaba a los primeros pasos en hockey con Ñapindá. “Siempre me gustó -dice-, era un deporte que miraba de chica en la tele y me llamaba la atención”.
El regreso a Gualeguay marcó un antes y un después. En una ciudad donde el fútbol femenino recién comenzaba a tomar fuerza, Pilar fue parte de los primeros pasos del crecimiento local. “Primero jugábamos torneos sueltos, después llegó la liga. Ahí empecé en Gualeguay Central, donde conocí a una compañera que me llevó al hockey en Bancario, y desde entonces no me separé más de los dos deportes”, explicó.
Actualmente, Pilar juega al fútbol en Urquiza, con quien alcanzó la final este año. “Llegamos hasta la final, pero no se nos dio. Salimos subcampeonas, pero felices por lo que hicimos”, dice con orgullo, sabiendo que las victorias más grandes no siempre se miden en medallas.
En su carrera hubo logros, pero también pruebas duras. “Mi mayor desafío fue una lesión: me quebré la tibia jugando una final con Central. Fueron meses de yeso, muletas y rehabilitación… y mucha soledad. Pero volví, y hoy estoy jugando de nuevo. Eso me enseñó a valorar todo”.
Su fortaleza no pasa solo por lo físico. Pilar aprendió a templar la mente. “Trabajo mucho para no desconcentrarme con los insultos o los gritos. Trato de enfocarme y dar lo mejor siempre. El rival más fuerte es uno mismo.”
Y mientras habla, deja entrever algo más profundo: un amor sincero por lo que hace y por las que vienen detrás. “Hoy tengo compañeras muy jóvenes, entre 15 y 18 años, y trato de acompañarlas. Me gustaría seguir en el fútbol, quizás como DT o en un cuerpo técnico. Ayudar a que esto siga creciendo”.
Su historia es la de muchas, pero con un sello propio: humildad, constancia y pasión. Porque en cada entrenamiento y en cada final, Pilar juega con el alma, como si cada partido fuera el primero.







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